miércoles, julio 08, 2015
Bernardo Subercaseaux: Revista Chilena de Literatura de la U. de Chile,...
http://www.cyberhumanitatis.uchile.cl/index.php/RCH/article/view/8786/8591
En esta revista fueron publicados tres de mis cuentos
Campeones
CTM Ganaamoooos!!!!!! y celebro con todo. El domingo despertó tarde y cuando bajaba las escaleras se torció el tobillo, el lunes se le murió el suegro, el martes tembló y fue el funeral del suegro, cuando venía devuelta del cementerio con toda la pena, el que venía manejando chocó, no pasó a mayores; llegó a casa, se fue a su cuarto cerró todo y, gritó a todo pulmón ¡ ganaaamoooss ctm!!!!!!
lunes, julio 06, 2015
Javier Bello Yo no creo en las Estatuas
Yo no creo en las estatuas,
las estatuas son dioses que nunca he conocido,
que nunca han padecido frente al mar al mirarse el corazón.
Yo no creo en el filo que hay detrás de algunos huecos
ni creo en la oración que esas vidas tan largas nos provocan
ni en las filas que orinan una enorme ave frente al amanecer de la piedra.
Es que hay paisajes que me hieren las manos,
su ruido de alas mojadas, su ruido de semillas que arden,
y yo no quiero hablar de los reinos donde está encendida siempre la lengua de \ mi madre,
yo quiero hablar como habla el manzano,
preciar un labio más que oír el relámpago
y en la algarabía de la música saber la estrofa de los vientres como un
\ parlamento conocido,
poseer la ceguera de la nieve, de sus bestias gemelas y enterrarlas.
Yo no creo en las estatuas y aguardo en mitad de mi lengua el oficio de los nigromantes,
su ópalo gastado en los desiertos contra el hueso del hambre.
Yo no creo en los dioses que tienen un olor a ceniza
ni en los ojos redondos que la lluvia conoce,
que la lluvia fermenta despacio con su negra corona,
dueña de la flor, de la piedra y del agua.
Yo no creo en las estatuas ni en sus labios que arden poseídos de pájaros
\ rojos,
no creo, yo no creo sino hasta que mis manos hayan bebido cada muslo que
\ quema.
las estatuas son dioses que nunca he conocido,
que nunca han padecido frente al mar al mirarse el corazón.
Yo no creo en el filo que hay detrás de algunos huecos
ni creo en la oración que esas vidas tan largas nos provocan
ni en las filas que orinan una enorme ave frente al amanecer de la piedra.
Es que hay paisajes que me hieren las manos,
su ruido de alas mojadas, su ruido de semillas que arden,
y yo no quiero hablar de los reinos donde está encendida siempre la lengua de \ mi madre,
yo quiero hablar como habla el manzano,
preciar un labio más que oír el relámpago
y en la algarabía de la música saber la estrofa de los vientres como un
\ parlamento conocido,
poseer la ceguera de la nieve, de sus bestias gemelas y enterrarlas.
Yo no creo en las estatuas y aguardo en mitad de mi lengua el oficio de los nigromantes,
su ópalo gastado en los desiertos contra el hueso del hambre.
Yo no creo en los dioses que tienen un olor a ceniza
ni en los ojos redondos que la lluvia conoce,
que la lluvia fermenta despacio con su negra corona,
dueña de la flor, de la piedra y del agua.
Yo no creo en las estatuas ni en sus labios que arden poseídos de pájaros
\ rojos,
no creo, yo no creo sino hasta que mis manos hayan bebido cada muslo que
\ quema.
Ernesto Langer Moreno Erase una Vez
EL DIA EN QUE MURIÓ EL GENERAL
Me contaron que el día en que murió
Pinochet, Armando Jaramillo tuvo que hacer un
esfuerzo para no soltar el llanto. Con el general
terminaba una época convulsa, pero gloriosa, a la
que tenía amarrados sus recuerdos.
El 11 de septiembre del 73 él era un simple soldado,
joven, sin experiencia, que de pronto se
veía envuelto en una gran revolución, portando
un arma. Fueron días aquellos llenos de adrenalina
y patriotismo -pensó- días que no volverán,
cuando un soldado podía hinchar el pecho de orgullo
al saberse salvador de su patria.
Los 17 años que siguieron él, como muchos otros,
veneró al general como al héroe refundador de
la república, e hizo del ejército su familia, su
iglesia.
De eso estaba orgulloso. No era que ignorara algunos
pequeños y supuestos excesos, pero si
éstos habían realmente existido los justificaba
con la consabida cantinela de que fue una guerra
y en una guerra pasan muchas cosas.El había tenido la suerte de servir en una unidad
especial encargada de neutralizar, léase hacer
desaparecer, a algunos elementos subversivos
que continuaban con sus ideas nefastas.
Cierto, al principio le costó apretar el gatillo y
ver como gracias a ese acto sencillo otro ser humano,
un semejante, desaparecía de la faz del
planeta. Pero con el tiempo se acostumbró mientras
aprendía a ser un buen soldado.
Después perdió la cuenta de cuántos había dado
de baja luchando por tener una patria libre, a
las órdenes de su general.
A veces recordaba la cara de uno que
otro de los prisioneros, rendidos a su suerte,
esperando el desenlace. Antes de dispararles
les había propinado una pateadura inolvidable
para ponerlos como ejemplo ante sus compañeros
detenidos. Su capitán lo había incluso felicitado
por su inmejorable espíritu castrense,
aunque las ejecuciones eran una orden y su deber,
cumplirlas.
Que tiempos aquellos, suspiró, en los que todavía
uno podía ser de esos héroes anónimos, de
los tantos que conformaban las filas de esa época. Por eso ahora no se podía consolar al escuchar
en la radio la muerte del general.
Ya no eran suficientes las infamias con que los
desagradecidos bastardos hacían que algunos de
sus oficiales enfrentaran los tribunales de justicia;
ni el epíteto de asesino que le colgaban a
quienes lo único que hicieron fue cumplir con su
deber.
Ni siquiera era el mismo ejército aguerrido, cohesionado,
comprometido con la lucha. Ahora,
además, el líder los abandonaba, los dejaba hu-
érfanos, solos.
Pero no podía llorar, no debía. Tenía que
ser consecuente. En aquellos tiempos –recordó-
si un detenido lloraba la pateadura seguía. No se
soportaban ni permi tían mariconadas. Llorar era
un signo de debilidad. Los militares no lloran.
Es verdad que su general partía y era evidente
que los sucios políticos intentaban por todos
los medios enlodar su memoria y su legado.
Si de él dependiera formaría filas de nuevo en
otro escuadrón e impondría la verdad y el orden
como antaño.
Pero ya estaba desmovilizado, jubilado, callado
como la institución se lo ordenara. Esa había sido su última orden: guardar silencio, e iba a
cumplirla costara lo que costare.
Sus recuerdos, todos, se los llevaría a la tumba,
leal hasta el último con su general y con la historia.
Un soldado anónimo entregado por completo
a su patria querida, eso era, así se veía a
sí mismo.
Armando Jaramillo a sus órdenes, mi general
-gritó de pronto- cuadrándose, para ahogar
su sollozo.
Cuando yo muera, mi general –continuó- lo seguiré
también en el otro mundo, allá donde de
seguro usted está siendo escoltado por arcángeles,
reconocido como el salvador de esta tierra
que tanto le debe.
Se estremeció un poco por la emoción y, acto
seguido, sin perder su compostura militar, puso
su antigua arma en la boca, la misma que había
usado tantas veces para defender su patria de
la amenaza extremista, y apretó el gatillo?
Hoy
Me sentí solo y le hablé por largo rato, él no dijo nada, tan solo movió su mano y me la pasó por el lomo.
miércoles, julio 01, 2015
Sano y Salvo
Con los ojos cerrados en un no querer despertar, Octavio se concentraba en el fuerte dolor de piernas que sentía, y en lo difícil que le resultaba mover y desperezarse, con esfuerzo logró mover sus brazos que estaban aprisionados a los costados de su cuerpo y se refregó los ojos, los abrió y todo era demasiado oscuro, con sus manos palpó los costados y el cielo para darse cuenta que estaba en un ataúd, gritó con fuerza, con una horrible desesperación, con toda su alma y fue allí que despertó y vio que estaba en su cama, en su cuarto, en su casa, respiró largamente, sonrió, dio gracias a Dios, lloró y se alegró, se alegró mucho; fue entonces que la puerta de su cuarto se abrió y entró su esposa con un sacerdote dispuesto a darle la extremaunción.
lunes, junio 29, 2015
Los niños de ayer
Todos en el barrio sabían de la mala fama de Susana la madre del chicharro así que a nadie le extraño cuando se fue de la casa y tampoco que no volviera las malas lenguas decían que se fue para el norte con un hombre mas joven que ella. .
Era el gobierno de Eduardo Freí Montalva, un humanista
que logró el triunfo de la presidencia con el apoyo de la derecha que dejaba
atrás a su candidato impidiendo de esta manera un posible triunfo de Salvador
Allende. En este gobierno se dio inicio a la Reforma Agraria y a la
estatización del cobre y afínales de su gobierno debió enfrentar el Tacnazo, un
fallido intento de golpe de estado.
A eso de las seis
de la tarde y como todos los días mi padre llegaba al pasaje, con su pequeño
bolso de mano y su andar de pasos alargados, siempre sonriente y buscándonos
con su mirada se aprestaba recibirnos mis dos hermanos y yo estábamos atentos en la
calle, él nos llenaba de besos y abrazos, fue en uno de esos días cuando vi que
un niño nos observaba de forma extraña, ese era el Chicharro; un chico unos meses menor que yo, lo
apodaban así porque era medio negro, de
ojos saltones y muy hablador. Eran tiempos de bonanza para la clase media y en
casa se podía comer bistec con ensalada de tomates todos los días, si así se
quería, el alto precio del cobre hacía de Chile una nación prospera, la clase
media disfrutaba de ese buen momento. Nosotros los niños teníamos tiempo para
jugar y la calle era nuestro gran patio.
En la población, los
pasajes eran tierra y piedras, de esta forma, el polvo se colaba a las casas
por puertas y ventanas, que en pleno verano estaban abiertas de par en par.
Nosotros, jugábamos en estas empolvadas calles a numerosos juegos, casi todos
de esfuerzo físico como: el pillarse, las escondidas, la pinta y otros pero, el
preferido era jugar a las canicas, y de eso nos ocupábamos la mayor parte del
día, las habían de cerámica, acero y de cristal, estas últimas, eran las más
preciadas sobre todo las llamadas ojos de gatos. En una calurosa tarde, estábamos
todos los del pasaje jugando: el machuca, los Marín, el Juanucho, el lolo, el chicharro, el nano, el lucho
cueca y otros que se borran en mi memoria; todos hicieron una rueda al escuchar
el reto del paloma, que tenía la misma cantidad de canicas que las nuestras,
dos tarros de leche nido llenos de canicas de ágata las más valiosas; nuestras
canicas las habíamos juntado durante toda la semana y eso nos tenía más que
contentos; ahora todas eran apostadas en este juego, que consistía en la
cantidad de bolitas que caían en un pequeño agujero echo en la tierra,
apostando a par o impar. Nosotros, nos jugamos por el par; cuando mi padre con ambas manos juntas llenas
de canicas se disponía tirarlas, un silencio abismante se produjo que sólo se
vio interrumpido por los ladridos de los perros, y por la radio encendida en la
casa de la Brenda la menor de cinco hermanos que llevaba la solidaridad en la
sangre, recuerdo que cuando era muy pequeña, ella siempre elegía jugar de
enfermera y así niña como era estaba en todas y en todos lados; el lucho cueca
sudaba, y su sudor nos envolvía a todos, cuando las bolitas se deslizaron por
el suelo apreté fuertemente los ojos y
cruce los dedos, una bolita de las que
mi padre tenía en sus manos cayó en ese ahora maldito agujero, borrando con
ello ese que iba a ser nuestro día de buena suerte.
Se podía destacar la gran unión que existía entre vecinos
que se juntaban para organizar las fiestas de navidad y año nuevo, en ambas
fiestas el pasaje se cerraba y era adornado con guirnaldas, globos,
serpentinas, luces de colores y un gran
escenario que era construido con mesas
del colegio y sus paredes de palos forrados en cartón. Los artistas eran por lo
general los padres que subían al escenario solo para hacernos reír; para
navidad una gran mesa en el centro del
pasaje llena de globos que se iban reventando con la algarabía nuestra, había queque preparado por las mamá. La señora
Rosa y la señora Juana se esmeraban pelando papas para luego freírlas en un
fuego a leña en una olla grande y negra, además habían bebidas y muchos dulces,
todo era cooperación que la encargada del evento recogía casa por casa, el
viejo pascuero era el vecino más guatón y allí encajaba perfectamente Don
Manuel, ciento cuarenta kilos lo hacían merecedor de tan digno rol, los más
pequeños pensaban que era el verdadero viejo pascuero y su entrada triunfal al
pasaje daba cuenta del largo camino que venía haciendo, el calor del día hacía
de las suyas en el viejo que sudaba
hasta mojar la barba y que provocaba el peligro de cortar el elástico que la sujetaba, pero una
vez en el escenario lo secaban y lo arreglaban antes de sentarlo en la silla en
donde entregaba los regalos, primero
eran fotos con los niños, en donde no
faltaba el más pequeño que se asustaba, no paraba de llorar en los brazos del
viejo pascuero y luego, a entregar los juguetes, los regalos eran pelotas de
fútbol, muñecas para las niñas, una que otra bicicleta, ropa y el infaltable
juguete de moda; nosotros disfrutábamos a concho esta fiesta, sobre todo cuando
el chicharro se sentaba en las faldas del pascuero y comenzaba a tirarle los
pelos y lo llamaba Don Manuel.
Los más grandes se
divertían bailando después de entregado los regalos, de esta manera la música
se detenía a eso de las cinco de la mañana en donde la Brenda decía: ya! Se
acabó el wueveo y todos pa, la casa. Al otro día reinaba un silencio
sorprendente, interrumpido por la tarde por nosotros, que salíamos a mostrar
los juguetes que el viejo pascuero nos había entregado, jugábamos y peleábamos
hasta que el cansancio nos rendía e íbamos a dormir.
Para el año nuevo la cosa era diferente no había mesa en
el centro del pasaje, todos cenábamos en
familia, para después de las doce era costumbre salir a dar los abrazos a todos
los vecinos, íbamos casa por casa. Sin olvidar el giro de la virutilla
encendida y los petardos que le daban la bienvenida al año que llegaba, a eso
de las dos de la mañana más o menos la música asomaba por una de las ventana
del algún vecino que ponía dos grandes parlantes comenzaba la fiesta, aparecían las bancas y
las sillas en las afueras de las casas,
las cumbias movían los pies hasta de los más viejos, el Lucho cueca se
destaca por su gran altura y por lo medio tonto que era, pero ahí estaba
haciéndonos reír a todos, el más cumbiero de nosotros era el Chicharro que
bailaba derecho como un roble y a poto parao; mi madre desde la ventana abierta
miraba el espectáculo y lo disfrutaba mientras mi padre se empinaba una copa de
vino y en los entremeses de la música recitaba
"Oye negra...¿te puedo hablar? ya los chicos se han dormido, deja
el tejido que después te equivocas. Hoy te quiero preguntar...", él era
admirador de los poemas de Héctor Gagliardi y lo recitaba con estilo sacando
aplausos y una que otra lagrimas entre sus auditores.
Los únicos vecinos que no participaban eran los de la primera
casa de esquina, eran los creídos del pasaje aunque a don Rolando el dueño de
casa se moría de ganas por echar una bailadita con la señora María, una vieja
chica y coqueta. A eso de las cuatro de
la mañana Budy Richar, el pollo fuentes, los Galos y otros románticos se
apoderaban de los corazones de todos los vecinos que entonaban sus canciones, luego
los borrachos se tomaban la calle era el
momento para parar la música y dormir. El primero de enero el fútbol se tomaba
las calles, jugábamos hasta que algún vecino nos increpaba por los innumerables
pelotazos a su casa, sin contar que más
de alguna ventana rota provocaba la
estampida de todos los jugadores del campo de juego. Luego la entretención era
el caballito bronce donde nos apoyábamos entre sí como haciendo mesas y los
otros se subían a nuestras espaldas, se contaba hasta once si se aguantaba el
peso se ganaba, algunas veces termina en
golpes que sencillamente al otro día pasaban a olvido.
El verano era de juegos todas noches y por el día escapábamos en bicicleta hacia los
cerros y nos bañábamos en un rio de aguas muy heladas.
En marzo la vuelta al colegio, los meses se sucedieron
rápidos y el 3 de noviembre de 1970 con un poco más de un 36 por ciento asumía
Don Salvador Allende Gossens como Presidente de la República, los comunistas
nos iban a comer nos decían los más grandes.
Esa misma noche y mientras el padre de Chicharro
escuchaba las noticias por la radio de la
asunción del nuevo presidente, este llegaba a la casa, su padre preguntó: ¿son estas horas de llegar? ¿Hiciste
las tareas? Seguramente que no y casi de
inmediato se percató que venía pasado a cigarro, fue entonces que le dejo caer
una cachetada- no te dije que no fumaras!
Yo hago lo que quiero, respondió el Chicharro y su padre lo comenzó a
golpear de puños y pies – respóndeme de nuevo mierda y te mato a golpes, nunca
más me levantes la voz y nunca más llegues pasado a cigarro y ándate a tu
cuarto chiquillo conchetumadre- vociferó el padre. El Chicharro atragantado con
el llanto se fue a su cuarto, lleno
impotencia y rabia se quedó dormido tarde, por la mañana fue peor, su cuerpo
estaba todo moreteado y adolorido, hizo la cimarra y se fue donde la Brenda
para que le curara sus heridas, allí se quedó toda la mañana.
Con la llegada de Allende llegaron las marchas que con el correr del tiempo se acrecentaron,
en el colegio los alumnos comenzamos a tener por primera vez y notoriamente
diferencias políticas; las marchas en las calles incrementaron la violencia.
Nosotros seguíamos
jugando en la calle, pero ya no era lo mismo, las diferencias políticas
comenzaron a acrecentarse, mi padre se inscribió en el partido comunista pero
siempre fue un militante pasivo.
El Chicharro seguía entregado al fútbol y jugaba en un
club el Tocornal Grez, además tenía otra
entretención que era el pool, juego que se practicaba en un local en la esquina
de su pasaje, seguía siendo el inquieto de siempre pero se puso más exaltado y
casi siempre estaba enfrascado en alguna pelea de donde no siempre salía
ganador.
La violencia en las calles de nuestro país se acrecentó;
las largas filas para obtener todo tipo de alimentos y las divisiones entre los
chilenos obligó a que en 1973 llegara el golpe de estado, mi padre muy asustado
enterraba en el patio literatura comunista
y su carnet de militante del partido.
La dictadura se
tomaba Chile, las fuerza armadas estaban en la calle, la represión era brutal,
aparecieron los campos de concentración y los muertos eran pan de cada día,
nosotros crecíamos en medio de la violencia que la dictadura nos daba.
En el año de 1977
durante la noche el Chicharro hacía de las suyas y nuevamente peleaba, pero
esta vez eran dos hombres mayores que él. La pelea se realizó a una cuadra de
su casa en donde se estaba construyendo la población San Lázaro, el terreno estaba
lleno de profundos hoyos y en uno de
ellos terminó el Chicharro, lo encontraron al otro día unos
trabajadores, estaba con contusiones y
un brazo quebrado a causa de la caída; fue a parar al hospital, cuando salió, era parte de un odio que lo
dominaba, desde ese momento juro que
nunca más nadie le pondría una mano encima, fue así como se hizo el matón de la
población.
La Dictadura nos alejó de todo, se acabaron las navidades
y los años nuevos con los vecinos, lentamente nos fuimos dividiendo, el miedo
se hacía parte de nuestras vidas, en el pasaje nosotros por las noches salíamos
a protestar contra los milicos, una vez agarraron al Chely un hermano menor de
la Brenda al otro día llegó a la casa todo machucado y sin ninguna gana de
seguir adelante en nuestras protestas; la injusticias eran muchas y ya no se
podía confiar en nadie, habían soplones por todos lados.
Tres de los niños que nos juntábamos en la población
cuando eran jóvenes participaron de la
CNI, organismos represor de la dictadura, el más salvaje fue al que le decíamos
el cañaño, al pasar de los años lo dieron de baja y en democracia término
trabajando de guardia de una zapatería.
Mi padre se quedó sin trabajo y, mi madre para mantener a
la familia tuvo que dedicarse todo el tiempo a costurar, pasaos mese muy duros,
hubo días en que nuestras comidas eran un pedazo de pan y una taza de té; mi
padre no encontró otra opción que dejar el país, aprovechando sus contactos nos
fuimos a la embajada de Australia, que necesitaba mano de obra donde mi padre
caía perfectamente, los tramites se hicieron con lentitud, y de un día para
otro estábamos tomando el avión rumbo a Australia.
La vida no es
fácil en el extranjero, el idioma y la nostalgia juegan encontra de una
adaptación, nunca se deja de ser extranjero pierdes identidad, te llaman por tu
nacionalidad, tal vez lo más doloroso es rehacer tu vida, aquí no tienes
pasado, no hay amigos o parientes a quien llamar; debes aceptar que es como
nacer de nuevo. Vivimos largos años en el país de los canguros; pero siempre
Chile estaba en nuestros corazones. Volvimos cuando la democracia ya estaba
instalada, éramos un país próspero económicamente, llegamos a vivir a la misma población que nos vio crecer. Mi
madre tenía unas ganas locas de ir a la feria , echaba de menos frutas y
verduras con ese aroma característico de lo nuestro, el domingo, fuimos a la que se coloca en la calle Arturo Prat y, para
matar la nostalgia decidimos recorrerla entera, en las cuadras finales se
atochaba la gente por diferentes vías, aquí puedes encontrar ropa usada y
nueva, libros, juguetes, todo para el baño y para el hogar, lentes, repuestos
de automóviles nuevos y usados, zapatos, remedios, muebles, venta de cd piratas,
diarios y revistas, carnes y pescados frescos, etc. ,
También existen espacios para la venta de completos,
choripanes, anticuchos, papas fritas, sándwich, jugos, helados, mariscos crudos
y cocidos y lugares en donde usted puede disfrutar de almuerzos y demases.
No hay nada que envidiarles a los grandes centros
comerciales, el sol arrecia fuerte y tiene un horario continuado hasta las
cuatro de la tarde. Además puedes llevar un trozo de sandía, que ya comienza a
aparecer como adelantando el verano. Todos los locales son atendidos por sus
propios dueños y en algunos la
amabilidad sorprende a los caseritas. La caminata es larga; aquí se puede
regatear precios y llegar a casa con
todo lo indispensable para su hogar, hasta con la última novedad. Nosotros,
finalmente, almorzamos una entrada de alcachofa, arroz con bistec de pulpa y de
postre un trozo de sandía todo comprado en la feria libre.
II
Era el 6 de octubre del 2001, un día asoleado, en las
calles uno que otro vecino barriendo en las afueras de su casa. La casa del
chicharro tenía la puerta de entrada abierta y se podía ver un sofá viejo, la
televisión encendida y en la familia en pleno almorzaba en silencio cuando sonó el teléfono, la mujer del chicharro
atendió y con rostro compungido colgó. Se sentó y con voz temblorosa le
comunicó al chicharro que el padre de este había fallecido. El chicharro siguió
comiendo como si nada y pidió la ensalada a su hijo mayor. La mujer del
chicharro alzó la voz: ¿no vas a decir nada? ¿Irás a verlo? El chicharro miró
con los ojos hinchados de ira – no iré a ningún y no te metas y ahora come y
cállate.
La familia siguió el rito en absoluto silencio y cuando
la mujer recogía la mesa insistió- deberías ir increpó al chicharro
fuertemente, fue entonces que el chicharro furioso tomó a la mujer por el
cuello y se lo apretó con fuerza desmedida - te dije que no te metieras. El
hijo mayor se abalanzó sobre su padre y este le dio un fuerte empujón mientras
el cuerpo de su mujer caía al piso ya sin vida.
Todos sabían de la fuerza bruta del chicharro y todos le
temían, la policía acordonó el pasaje y la prensa se agolpó en las calles. Del
chicharro no había rastro, aún se sentía el llanto de los niños que ahora
estaban en casa de una vecina. La televisión cubría la noticia en directo, la Brenda
fue la primera que habló para el noticiario, le siguieron un sinnúmero de
vecinos que sólo hablaban de la brutalidad del chicharro, hasta el Lucho cueca
daba entrevista declarando que el chicharro no era la primera vez que mataba.
El funeral de la señora del chicharro fue multitudinario
fueron todos los vecinos de la población, tres buses y una larga fila de
automóviles fueron a despedir a la Señora Carmen Muñoz.
Los posteriores días se sucedieron lentos, los vecinos expectantes comentaban innumerables historias de los echos.
Al mes y, cuando la noticia ya comenzaba a ser parte de
la mala memoria encontraron al chicharro en el norte del país, estaba escondido
en casa de unos parientes.
Mario Gonzáles alias el chicharro fue condenado a 18 años
de cárcel sin ningún derecho carcelario hasta cumplida más de la mitad de la
condena, la única visita que recibía era la de su fiel amiga La Brenda.
sábado, junio 27, 2015
Recambio
Recambio
Por Poli Délano, Escritor Chileno
Ya en la puerta del edificio, Genaro me tomó el rostro en sus don manos y beso mis labios con esa especie de dulzura que le bala en algunos momentos Acabábamos de servirnos una cerveza en La Candela (bueno, cerveza él, yo u jugo) para celebrar nuestro primer año de pololeo y luego caminamos unas cuadras de la mano por Miraflores, frente al parque. Un año entero, nada menos. Nunca duré tanto con los otros, pero Genaro me gusta porque es tremo y delicado y la verdad es que cada día me aferro más a él. Terminó cuarto de leyes y jura que apenas se titule nos casaremos Siento inquietud cuando 10 insinúa y' por lo tanto permanezco sin decir "esta boca es mía", porque pienso que aún es un poco temprano para casorios, ¿qué apuro hay?
-¿Me quieres -preguntó.
-Por supuesto, tontito -le puse un dedo en la nariz.
-¿Nos vemos mañana?
-Siete y media en La Candela -dije.
Salgo a las siete de la juguetería y muchas tardes él y yo nos juntamos un rato en La Candela. Otras, bueno, mal estará que 10 confiese, en un hotelito de la calle Mosqueto.
Nos dimos otro beso y entré. A mi mamá le revienta la sangre que llegue tarde y prefiero no verme sometida a esos deprimentes interrogatorios que parecen copiados de alguna película, acurrucada ella en el sillón, escudriñando mi facha con sus pesadas ojeras, y yo de pie, mordiéndome las uñas como una colegiala castigada. Empecé a subir sin ruido, peldaño a peldaño, y antes de llegar a la semi oscuridad del segundo piso, como tantas otras veces, escuché crujir la puerta del 21, y supe entonces que el Seco, ese loco que siempre me anda manoseando, estaría esperándome agazapado. Le gusta acariciarme entre las piernas y lo hace con suavidad y brevemente mientras voy pasando frente a su departamento. Pero no me habla y, por lo tanto, nunca hemos cruzado palabra, aunque 10 he escuchado conversar con otras personas. A pesar de lo flaco, el tipo es más o menos bonito, mata con una sonrisa húmeda que muestra sus paletas separadas y mira sin miedo, seguro de la mirada. No sé por qué le dirán Seco. Habla casi siempre con voz muy honda y un acento de película mexicana que me divierte. Dicen que se vino a Chile desde Cuernavaca hace unos años, a la siga de una muchacha retomada, hija de un matrimonio que tuvo que irse al exilio cuando lo del golpe militar; y acabó al parecer echando raíces aquí, a las claras sin la niña, ya que vive solo. Lancé un suspiro y preferí no apurar el paso.
-Hola preciosa -me dijo esta vez, cuando pasé frente a su puerta, llevando su mano a las entrepiernas de mi falda-pantalón. Me tomó en una suave, cálida y ondulante caricia que siempre, desde niña, he sentido como muy rica. Lo miré igual que otras veces, sin decir nada. Tenía la barba un poco crecida y el cabello en desorden, como si recién saliera de la cama. Me sonrió con ternura y entonces le dije:
-Fresco.
Se sacudió entero. Nunca antes se lo había dicho.
-¿Fresco? -repitió mirándome como si le hubiera puesto una cucaracha en su puré de papas-. ¿Fresco?-. Hablábamos en voz muy baja para no atraer la curiosidad de las dos viejas del piso-o Oye, cariñito, te vengo haciendo 10 mismo desde que tenías doce años -sonrió-, ¿te acuerdas cuando empezaron a crecerte?-. Acarició con gentileza mis pechos-o ¿Y ahora me sales que soy un fresco?
-No he dicho que no sienta rico. Sólo que eres un fresco-o Me miró algo deslumbrado, como si le hubieran gustado mis palabras y me acercó más a él.
-Entremos.
Primera vez que hacía la invitación.
-Es un poco tarde -empecé, pero antes de acabar la frase, estábamos adentro y se escuchaba el débil trae de la puerta al cerrar, además de una música suave, como entre tango y jazz. Muchos cuadros en las paredes. El beso con que calló mi queja fue pegajoso y jadeante, detonó un estremecedor escalofrío que recorrió de ida y vuelta mi cuerpo como si le estuviera gritando una orden de rendición absoluta, de aceptar sin pelea lo que venía, que me desabotonara la blusa y jugara con mis costillas, que lengüeteara cada uno de mis pezones hasta ponerlos duros, todo eso, que sus dedos largos indagaran ahora por los interiores de la zona húmeda y secreta que siempre me buscaba, desde los doce, hace poco más de cinco, cuando yo llegaba a casa del colegio, todo, que estuviera frotando y apretándome lo suyo tan duro justo ahí, qué rico, todo todo, incluso que me tendiera sobre el sofá bajo la mirada sospechosa de su gato a rayas mientras me bajaba el calzón y yo le ayudo, todo, hasta el agitado [mal que llega casi al tiempo en que la noche comienza, todo todo.
-Es tarde -digo-. Me tengo que ir.
-¿Vendrás mañana?
Pienso en Genaro y muevo negativamente la cabeza, pero una mínima palabra me traiciona la conciencia.
-Sí -respondo.
Le sonrío desde la puerta y antes de partir silenciosamente a casa, le pregunto su nombre. -Ernesto -dice.
-¿Y cómo es Cuernavaca?
Su mirada se pierde de seguro en los recuerdos.
-Mañana te cuento -dice.
Por Poli Délano, Escritor Chileno
Ya en la puerta del edificio, Genaro me tomó el rostro en sus don manos y beso mis labios con esa especie de dulzura que le bala en algunos momentos Acabábamos de servirnos una cerveza en La Candela (bueno, cerveza él, yo u jugo) para celebrar nuestro primer año de pololeo y luego caminamos unas cuadras de la mano por Miraflores, frente al parque. Un año entero, nada menos. Nunca duré tanto con los otros, pero Genaro me gusta porque es tremo y delicado y la verdad es que cada día me aferro más a él. Terminó cuarto de leyes y jura que apenas se titule nos casaremos Siento inquietud cuando 10 insinúa y' por lo tanto permanezco sin decir "esta boca es mía", porque pienso que aún es un poco temprano para casorios, ¿qué apuro hay?
-¿Me quieres -preguntó.
-Por supuesto, tontito -le puse un dedo en la nariz.
-¿Nos vemos mañana?
-Siete y media en La Candela -dije.
Salgo a las siete de la juguetería y muchas tardes él y yo nos juntamos un rato en La Candela. Otras, bueno, mal estará que 10 confiese, en un hotelito de la calle Mosqueto.
Nos dimos otro beso y entré. A mi mamá le revienta la sangre que llegue tarde y prefiero no verme sometida a esos deprimentes interrogatorios que parecen copiados de alguna película, acurrucada ella en el sillón, escudriñando mi facha con sus pesadas ojeras, y yo de pie, mordiéndome las uñas como una colegiala castigada. Empecé a subir sin ruido, peldaño a peldaño, y antes de llegar a la semi oscuridad del segundo piso, como tantas otras veces, escuché crujir la puerta del 21, y supe entonces que el Seco, ese loco que siempre me anda manoseando, estaría esperándome agazapado. Le gusta acariciarme entre las piernas y lo hace con suavidad y brevemente mientras voy pasando frente a su departamento. Pero no me habla y, por lo tanto, nunca hemos cruzado palabra, aunque 10 he escuchado conversar con otras personas. A pesar de lo flaco, el tipo es más o menos bonito, mata con una sonrisa húmeda que muestra sus paletas separadas y mira sin miedo, seguro de la mirada. No sé por qué le dirán Seco. Habla casi siempre con voz muy honda y un acento de película mexicana que me divierte. Dicen que se vino a Chile desde Cuernavaca hace unos años, a la siga de una muchacha retomada, hija de un matrimonio que tuvo que irse al exilio cuando lo del golpe militar; y acabó al parecer echando raíces aquí, a las claras sin la niña, ya que vive solo. Lancé un suspiro y preferí no apurar el paso.
-Hola preciosa -me dijo esta vez, cuando pasé frente a su puerta, llevando su mano a las entrepiernas de mi falda-pantalón. Me tomó en una suave, cálida y ondulante caricia que siempre, desde niña, he sentido como muy rica. Lo miré igual que otras veces, sin decir nada. Tenía la barba un poco crecida y el cabello en desorden, como si recién saliera de la cama. Me sonrió con ternura y entonces le dije:
-Fresco.
Se sacudió entero. Nunca antes se lo había dicho.
-¿Fresco? -repitió mirándome como si le hubiera puesto una cucaracha en su puré de papas-. ¿Fresco?-. Hablábamos en voz muy baja para no atraer la curiosidad de las dos viejas del piso-o Oye, cariñito, te vengo haciendo 10 mismo desde que tenías doce años -sonrió-, ¿te acuerdas cuando empezaron a crecerte?-. Acarició con gentileza mis pechos-o ¿Y ahora me sales que soy un fresco?
-No he dicho que no sienta rico. Sólo que eres un fresco-o Me miró algo deslumbrado, como si le hubieran gustado mis palabras y me acercó más a él.
-Entremos.
Primera vez que hacía la invitación.
-Es un poco tarde -empecé, pero antes de acabar la frase, estábamos adentro y se escuchaba el débil trae de la puerta al cerrar, además de una música suave, como entre tango y jazz. Muchos cuadros en las paredes. El beso con que calló mi queja fue pegajoso y jadeante, detonó un estremecedor escalofrío que recorrió de ida y vuelta mi cuerpo como si le estuviera gritando una orden de rendición absoluta, de aceptar sin pelea lo que venía, que me desabotonara la blusa y jugara con mis costillas, que lengüeteara cada uno de mis pezones hasta ponerlos duros, todo eso, que sus dedos largos indagaran ahora por los interiores de la zona húmeda y secreta que siempre me buscaba, desde los doce, hace poco más de cinco, cuando yo llegaba a casa del colegio, todo, que estuviera frotando y apretándome lo suyo tan duro justo ahí, qué rico, todo todo, incluso que me tendiera sobre el sofá bajo la mirada sospechosa de su gato a rayas mientras me bajaba el calzón y yo le ayudo, todo, hasta el agitado [mal que llega casi al tiempo en que la noche comienza, todo todo.
-Es tarde -digo-. Me tengo que ir.
-¿Vendrás mañana?
Pienso en Genaro y muevo negativamente la cabeza, pero una mínima palabra me traiciona la conciencia.
-Sí -respondo.
Le sonrío desde la puerta y antes de partir silenciosamente a casa, le pregunto su nombre. -Ernesto -dice.
-¿Y cómo es Cuernavaca?
Su mirada se pierde de seguro en los recuerdos.
-Mañana te cuento -dice.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
La Olla
La Olla. La familia Barrera estaba sentada a la mesa; era la hora de almuerzo y esta vez a diferencia de los días anteriores la sopa tenía...