La puerta de entrada al hospedaje era de esas antiguas como de iglesias, alargada y estaba pintada de blanco, avanzamos por un pasillo de baldosas rojos, a la derecha habían unas coronas y al fondo del pasillo,habían varias habitaciones que quedaban mirando un patio, que pasamos a la izquierda nuestra,en medio una fuente que se veía no tenía agua. La dueña nos mostró la habitación y luego un comedor.
Mi padre nos llevó a cenar a un restaurante cercano. Todo en Constitución era pueblerino y el restaurante dejaba mucho que desear y tenía un aroma que parece estaba impregnado en todo lo que tocábamos. Luego nos fuimos a dormir.
Por la mañana, la dueña nos golpeó suavemente la puerta y nos dijo que estaba listo el desayuno. Ninguno de nosotros tomó baño, el califon estaba malo. Nos llamó la atención un señor que se paseaba en pijamas y nos espantó que la pensión también funcionará como funeraria, cuando salíamos se podían apreciar algunos ataúdes lo que para mi hermano y yo nos resultó terrorífico. Lo único que queríamos era permanecer lo menos posible en esa pensión. Por suerte mi padre dijo que sería un solo fin de semana.
El último día descubrimos que el señor que siempre andaba en pijamas era el esposo de la dueña y que para que esté no saliera a tomar la señora María le escondía la ropa.
El lunes por la mañana cuando teníamos todo listo para irnos, nuestro padre anunció con algarabía que nos podíamos quedar toda la semana. Mi madre y nosotros dijimos al unísono un claro y fuerte - NO- y dejamos la pensión rápidamente.
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