Hace unos años en la Expo Quillota estaba participando con mi stand de frutas con chocolate, cuando el sábado se largó una lluvia torrencial, por lo que se acaba la feria y tan sólo dejaron el stand de comida, para el show de Los Jaivas que se realizaría por la tarde, yo hábilmente me conseguí un espacio en una esquinita del restaurante; el día domingo cuando tenía mi mesa lista con las frutas, llegaron mis primeros clientes una pareja joven, que mientras consumían conversamos, ambos eran músicos el tocaba instrumentos de viento y ella de percusión, cuando les pregunté en que conjunto tocaban, me sorprendí : Los Jaivas.
sábado, julio 11, 2015
viernes, julio 10, 2015
Caballo imaginando a Dios
[Minicuento. Texto completo.]Augusto Monterroso | |
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La asamblea de los animales*
Alfonso Reyes
La Insignia. Mexico, octubre del 2004.
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Tenía que suceder al fin. Varias veces nos lo habían advertido y nunca quisimos hacer caso. Ello es que las fieras y animales silvestres, espantados por los desmanes del hombre, se reunieron secretamente en alguna ignorada región del África para tomar providencias ante una posible catástrofe del planeta.
Por supuesto, no se ha permitido la presencia a cualquiera. Se expulsó a los astutos insectos y otras alimañas menores, tan creídos de que son los futuros amos del mundo por su capacidad de "proliferar" entre las mayores abyecciones, sin perdonar siquiera a los hormigueros y a los panales, que -pese a la literatura- son los causantes de todo el daño, por haberse propuesto al hombre como tipo de la perfecta república: nacional socialista, claro está.
Algunas bestias mentadas en el Libro de Job, jeroglifos vivientes, fueron asimismo víctimas de la previa censura. Así la cabra montés y la corza, remisas e inasimilables, dotadas de posteridad pero no de continuidad, y que, como los malos teóricos, paren con esfuerzo, replegándose sobre sí mismas, lo que no existe, lo qu se va y no vuelve.
También fue excluido el onagro, asno irregular, habitante de los salados desiertos, que sobra en todas las agrupaciones sociales como el solterón sin deberes.
Lo propio se hizo con otro horrendo solitario, el rinoceronte, catapulta de un solo bloque, el cual nunca pudo ver más allá de sus narices porque se lo estorba, entre los biliosos ojillos de marrano, el cuerno plantado como enseña, alza en la pieza de artillería.
No se toleró a la avestruz, gallina abultada que entierra sin amor sus huevos, "maniquí de alta costura", con sus plumeros de embajador o cortesana, su indecente tallo de carne cruda que remata en una piña aplastada, sus desvergonzados muslos desnudos, su zigzag de fugitiva constante -burla del caballo y del jinete-, sus aletas en cañones que ignoran el vuelo y aplauden la carrera; su estúpida pretensión de ocultarse cuando hunde la cabeza en el polvo, figurándose así -sofisma de "voluntad y representación"- que ella misma se esconde al mundo porque esconde el mundo a sus ojos.
Ni se dio cabida al gavilán ni al buitre, cuyos polluelos tragan sangre, que sólo se remontan a las alturas para mejor ver las carroñas abandonadas en el suelo y que giran incesantemente en círculos esclavos, dibujo de sus hediondos apetitos.
Quedaron, pues, los animales auténticos. Tigres, leones, panteras, osos y otras pieles dedujo, grandes y pequeñas, casi no hicieron más que escuchar: no habían tenido tiempo de reflexionar sobre el caso. El propio Maese Zorro, desmintiendo su tradición fabulosa, se encontraba desprevenido. Y, al revés de lo que pasa en los congresos humanos, el loro, por fortuna, calló. Unos cuentos animales obvios llevaron el peso del debate.
El asno, que presidía la sesión, tomó la palabra. El asno ha visto de cerca al hombre y, como todos saben, lo ha acompañado en algunas de sus más ilustres jornadas: excursiones militares de Dióniso, viaje redondo del Salvador. Pero no se hacía ilusiones. A su juicio, el destino de la criatura humana había agotado sus últimas promesas. ¿Qué hacen hoy por hoy los hombres? Destruirse entre sí. Cuando toda una especie se entrega frenéticamente a su propio aniquilamiento, es de creer que su locura responde a los altos designios de su Creador.
-Porque yo, hermanos míos -concluyó el asno en su prudencia-, sí creo en Dios.
Tras el silencio temeroso que sucedió a estas palabras, se oyó un relincho. Es aquel que, "entre las bocinas, dice: ¡Ea!, y de lejos huele las batallas, el estruendo de los príncipes y el clamor" (Job, XXXIX, 25). El caballo, nuestro bravo camarada de armas, ráfaga crinada, no quiso disimular su despecho. El combate, heroico antes y que levantaba las energías cordiales, hoy es cosa de administración y de máquinas.
-Además -continuó-, ¡si el hombre sólo combatiera contra el hombre! Mucho se podría alegar en defensa de la guerra, la verdadera guerra en que era yo aliado del hombre. Pero hoy los humanos combaten ya contra la naturaleza y quieren desintegrarla y hacerla desaparecer, en su afán de adueñársela. La Tierra misma está en peligro.
Algunos ladridos de protesta fueron tumultuosamente acallados. Había consigna de no dejar hablar a los perros, sospechosos de complicidad con el hombre.
Pero habló el mono. Según él, no quedaba otro recurso que precaverse a tiempo y elegir un nuevo monarca. Nadie más indicado que el mono -la rama de los pretendientes destronados- para suceder al hombre en el gobierno.
-¡Oh, no! -reclamó el elefante. Hace falta un animal de mayor gravedad y aplomo, de reconocida responsabilidad y de memoria probada, capaz de llevar a término sus empresas. El mono es un ente ridículo y cómico, una bufonesca imitación del hombre, y una criatura expuesta siempre a estériles inquietudes y nerviosidades; casi diríamos que es una ardilla, el candor en menos, cuyas vueltas y revueltas carecen de utilidad y sentido. ¿Sustituir al hombre por su caricatura? ¡Jamás!
Aquí un elefante enjaezado, vestido de telas verdes y rojas, alzó la trompa y lanzó un tañido; es decir, pidió la palabra. Era un elefante de circo, escapado de alguna pista del Far West. Traía todos los prejuicios que pueden adquirirse en el trato con los domadores y en la frecuentación de los espectáculos humanos, y estaba lleno de sofismas y ardides. Casi era un político profesional. En vano intentó que lo escucharan. No bien empezó a sonreír maliciosamente, meneando la trompa y diciendo chistes de mal gusto sobre la conveniencia de usar calzones, cuando los elefantes ortodoxos, los selváticos, lo hicieron callar, declarándolo representante de Wall Street.
La discusión comenzaba a tomar un sesgo amenazante; pero, a fuerza de prolongados silbos, un Ave Rara que lucía los penachos más atrayentes y centellaba de luz roja y plateada, pudo imponer orden y empezó a decir con voz armoniosa:
-Voto por la abolición del hombre. Sea anulado el hombre y no tenga sucesor ninguno. ¿Qué falta le hace a la Tierra? Alternen los días y las noches, las auroras y los crepúsculos, las calmas y las tempestades, las lluvias y los soles. Nadie estorbe el roncar de las frondas, el voluble besuqueo de los arroyos y el contundente discurso de las cataratas. Bailen a su gusto las olas verdes. Pósense o vuelen a su talante los nubarrones plomizos. Los vientos de larga cola concierten los corros y los minués de hojas amarillas. Crezca y cunda la vegetación a su antojo. El campo ahogue y borre a las ciudades. Olvídese para siempre al hombre. Desaparezca de una vez este funesto accidente de la Creación.
Las ovaciones hicieron temblar las montañas. Entre el entusiasmo general, los perros, a todo correr, llegaron a la próxima estación telegráfica y denunciaron el caso a los "grandes rotativos".
miércoles, julio 08, 2015
Antonio Candido Literatura y Sociedad
https://books.google.cl/books…
Antonio Candido Literatura y Sociedad.
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BOOKS.GOOGLE.CL
Bernardo Subercaseaux: Revista Chilena de Literatura de la U. de Chile,...
http://www.cyberhumanitatis.uchile.cl/index.php/RCH/article/view/8786/8591
En esta revista fueron publicados tres de mis cuentos
Campeones
CTM Ganaamoooos!!!!!! y celebro con todo. El domingo despertó tarde y cuando bajaba las escaleras se torció el tobillo, el lunes se le murió el suegro, el martes tembló y fue el funeral del suegro, cuando venía devuelta del cementerio con toda la pena, el que venía manejando chocó, no pasó a mayores; llegó a casa, se fue a su cuarto cerró todo y, gritó a todo pulmón ¡ ganaaamoooss ctm!!!!!!
lunes, julio 06, 2015
Javier Bello Yo no creo en las Estatuas
Yo no creo en las estatuas,
las estatuas son dioses que nunca he conocido,
que nunca han padecido frente al mar al mirarse el corazón.
Yo no creo en el filo que hay detrás de algunos huecos
ni creo en la oración que esas vidas tan largas nos provocan
ni en las filas que orinan una enorme ave frente al amanecer de la piedra.
Es que hay paisajes que me hieren las manos,
su ruido de alas mojadas, su ruido de semillas que arden,
y yo no quiero hablar de los reinos donde está encendida siempre la lengua de \ mi madre,
yo quiero hablar como habla el manzano,
preciar un labio más que oír el relámpago
y en la algarabía de la música saber la estrofa de los vientres como un
\ parlamento conocido,
poseer la ceguera de la nieve, de sus bestias gemelas y enterrarlas.
Yo no creo en las estatuas y aguardo en mitad de mi lengua el oficio de los nigromantes,
su ópalo gastado en los desiertos contra el hueso del hambre.
Yo no creo en los dioses que tienen un olor a ceniza
ni en los ojos redondos que la lluvia conoce,
que la lluvia fermenta despacio con su negra corona,
dueña de la flor, de la piedra y del agua.
Yo no creo en las estatuas ni en sus labios que arden poseídos de pájaros
\ rojos,
no creo, yo no creo sino hasta que mis manos hayan bebido cada muslo que
\ quema.
las estatuas son dioses que nunca he conocido,
que nunca han padecido frente al mar al mirarse el corazón.
Yo no creo en el filo que hay detrás de algunos huecos
ni creo en la oración que esas vidas tan largas nos provocan
ni en las filas que orinan una enorme ave frente al amanecer de la piedra.
Es que hay paisajes que me hieren las manos,
su ruido de alas mojadas, su ruido de semillas que arden,
y yo no quiero hablar de los reinos donde está encendida siempre la lengua de \ mi madre,
yo quiero hablar como habla el manzano,
preciar un labio más que oír el relámpago
y en la algarabía de la música saber la estrofa de los vientres como un
\ parlamento conocido,
poseer la ceguera de la nieve, de sus bestias gemelas y enterrarlas.
Yo no creo en las estatuas y aguardo en mitad de mi lengua el oficio de los nigromantes,
su ópalo gastado en los desiertos contra el hueso del hambre.
Yo no creo en los dioses que tienen un olor a ceniza
ni en los ojos redondos que la lluvia conoce,
que la lluvia fermenta despacio con su negra corona,
dueña de la flor, de la piedra y del agua.
Yo no creo en las estatuas ni en sus labios que arden poseídos de pájaros
\ rojos,
no creo, yo no creo sino hasta que mis manos hayan bebido cada muslo que
\ quema.
Ernesto Langer Moreno Erase una Vez
EL DIA EN QUE MURIÓ EL GENERAL
Me contaron que el día en que murió
Pinochet, Armando Jaramillo tuvo que hacer un
esfuerzo para no soltar el llanto. Con el general
terminaba una época convulsa, pero gloriosa, a la
que tenía amarrados sus recuerdos.
El 11 de septiembre del 73 él era un simple soldado,
joven, sin experiencia, que de pronto se
veía envuelto en una gran revolución, portando
un arma. Fueron días aquellos llenos de adrenalina
y patriotismo -pensó- días que no volverán,
cuando un soldado podía hinchar el pecho de orgullo
al saberse salvador de su patria.
Los 17 años que siguieron él, como muchos otros,
veneró al general como al héroe refundador de
la república, e hizo del ejército su familia, su
iglesia.
De eso estaba orgulloso. No era que ignorara algunos
pequeños y supuestos excesos, pero si
éstos habían realmente existido los justificaba
con la consabida cantinela de que fue una guerra
y en una guerra pasan muchas cosas.El había tenido la suerte de servir en una unidad
especial encargada de neutralizar, léase hacer
desaparecer, a algunos elementos subversivos
que continuaban con sus ideas nefastas.
Cierto, al principio le costó apretar el gatillo y
ver como gracias a ese acto sencillo otro ser humano,
un semejante, desaparecía de la faz del
planeta. Pero con el tiempo se acostumbró mientras
aprendía a ser un buen soldado.
Después perdió la cuenta de cuántos había dado
de baja luchando por tener una patria libre, a
las órdenes de su general.
A veces recordaba la cara de uno que
otro de los prisioneros, rendidos a su suerte,
esperando el desenlace. Antes de dispararles
les había propinado una pateadura inolvidable
para ponerlos como ejemplo ante sus compañeros
detenidos. Su capitán lo había incluso felicitado
por su inmejorable espíritu castrense,
aunque las ejecuciones eran una orden y su deber,
cumplirlas.
Que tiempos aquellos, suspiró, en los que todavía
uno podía ser de esos héroes anónimos, de
los tantos que conformaban las filas de esa época. Por eso ahora no se podía consolar al escuchar
en la radio la muerte del general.
Ya no eran suficientes las infamias con que los
desagradecidos bastardos hacían que algunos de
sus oficiales enfrentaran los tribunales de justicia;
ni el epíteto de asesino que le colgaban a
quienes lo único que hicieron fue cumplir con su
deber.
Ni siquiera era el mismo ejército aguerrido, cohesionado,
comprometido con la lucha. Ahora,
además, el líder los abandonaba, los dejaba hu-
érfanos, solos.
Pero no podía llorar, no debía. Tenía que
ser consecuente. En aquellos tiempos –recordó-
si un detenido lloraba la pateadura seguía. No se
soportaban ni permi tían mariconadas. Llorar era
un signo de debilidad. Los militares no lloran.
Es verdad que su general partía y era evidente
que los sucios políticos intentaban por todos
los medios enlodar su memoria y su legado.
Si de él dependiera formaría filas de nuevo en
otro escuadrón e impondría la verdad y el orden
como antaño.
Pero ya estaba desmovilizado, jubilado, callado
como la institución se lo ordenara. Esa había sido su última orden: guardar silencio, e iba a
cumplirla costara lo que costare.
Sus recuerdos, todos, se los llevaría a la tumba,
leal hasta el último con su general y con la historia.
Un soldado anónimo entregado por completo
a su patria querida, eso era, así se veía a
sí mismo.
Armando Jaramillo a sus órdenes, mi general
-gritó de pronto- cuadrándose, para ahogar
su sollozo.
Cuando yo muera, mi general –continuó- lo seguiré
también en el otro mundo, allá donde de
seguro usted está siendo escoltado por arcángeles,
reconocido como el salvador de esta tierra
que tanto le debe.
Se estremeció un poco por la emoción y, acto
seguido, sin perder su compostura militar, puso
su antigua arma en la boca, la misma que había
usado tantas veces para defender su patria de
la amenaza extremista, y apretó el gatillo?
Hoy
Me sentí solo y le hablé por largo rato, él no dijo nada, tan solo movió su mano y me la pasó por el lomo.
miércoles, julio 01, 2015
Sano y Salvo
Con los ojos cerrados en un no querer despertar, Octavio se concentraba en el fuerte dolor de piernas que sentía, y en lo difícil que le resultaba mover y desperezarse, con esfuerzo logró mover sus brazos que estaban aprisionados a los costados de su cuerpo y se refregó los ojos, los abrió y todo era demasiado oscuro, con sus manos palpó los costados y el cielo para darse cuenta que estaba en un ataúd, gritó con fuerza, con una horrible desesperación, con toda su alma y fue allí que despertó y vio que estaba en su cama, en su cuarto, en su casa, respiró largamente, sonrió, dio gracias a Dios, lloró y se alegró, se alegró mucho; fue entonces que la puerta de su cuarto se abrió y entró su esposa con un sacerdote dispuesto a darle la extremaunción.
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La Olla
La Olla. La familia Barrera estaba sentada a la mesa; era la hora de almuerzo y esta vez a diferencia de los días anteriores la sopa tenía...
